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Pemex: la tragedia y la escenografía

La falta de claridad sobre las causas del siniestro en Pemex ha dado lugar a no pocas especulaciones ■ Foto Francisco Olvera / La Jornada

La falta de claridad sobre las causas del siniestro en Pemex ha dado lugar a
no pocas especulaciones ■ Foto Francisco Olvera / La Jornada

Gustavo Ogarrio.- La tarde del 31 de enero de 2013 tuvo lugar una explosión de gran magnitud en el edifico B-2 del complejo administrativo de Petróleos Mexicanos (Pemex) en la ciudad de México. 37 muertos y más de 100 heridos. Conforme se difunde de manera irreversible la tragedia, la reacción gubernamental monta la escenografía del compromiso inmediato –por un lado– y la estrategia de la anti-especulación, por el otro. Ambas maniobras fracasan y pueden ser entendidas como el primer ensayo por construir una parcela de legitimidad para el gobierno de la restauración.

Enrique Peña Nieto y su gabinete de seguridad acuden presurosos al lugar de los hechos y con ello quieren dejar atrás una tradición de actuaciones ominosas en el estilo de gobernar de su propio pasado priísta, en lo que se refiere a tragedias colectivas o nacionales. Siempre con el imperativo de la escenografía política como sinónimo de gobernabilidad y responsabilidad, se montan, una tras otra y durante las horas y los días posteriores al estallido, conferencias de prensa con los escombros como telón de fondo del compromiso irrenunciable con la imagen mediática; al mismo tiempo se busca establecer una guía oficial para interpretar los hechos. Las ruedas de prensa se esfuerzan por simbolizar la actuación inmediata de un gobierno ante la catástrofe en Pemex, un gobierno que confía plenamente en los poderes de la imagen televisiva y que también tiene presente la impunidad declarativa y la omisión gubernamental de los gobiernos panistas de la alternancia.

El gobierno de Peña Nieto advierte de manera instintiva los alcances de un hecho de esta magnitud en términos políticos y sociales. Los espectros de tragedias anteriores rondan como pesadillas los frágiles cimientos de la legitimidad de la restauración. No son ajenas ciertas evocaciones para medir la actuación gubernamental, como las del terremoto del 85 y la ausencia “institucional” de Miguel de la Madrid –entonces presidente– en el paisaje de la tragedia; o, peor aún, las explosiones en las instalaciones también de Pemex en San Juanico, un municipio del estado de México, el lunes 19 de noviembre de 1984, y su cadena de impunidad e irresponsabilidades paraestatales. Desde estas experiencias, se sabe que las tragedias colectivas ponen al límite los sentimientos de frustración social ante el poder político y ante las instituciones, funcionan como estímulos de un posible poder ciudadano y muchas veces encauzan políticamente la insatisfacción colectiva ante la impunidad del aparato estatal, aunque todo esto no derive necesariamente en una renuncia masiva de cargos o en una disminución inmediata de la fuerza que acoraza las irresponsabilidades y omisiones del Estado.

Además, resuenan como espectros del pasado declaraciones que encumbran las catástrofes a verdaderos dogmas políticos de la impunidad; por ejemplo, la patética pregunta elevada a rango de chiste político nacional de Vicente Fox, cuando ante la exigencia generalizada de que interviniera como jefe del Ejecutivo, en ese entonces, en el conflicto entre Tv Azteca y Canal 40, respondió: “¿Y yo por qué?”. O una anécdota menos conocida, pero igual de importante en la documentación de la impunidad gubernamental, del entonces gobernador de Veracruz, Miguel Alemán, el 31 de diciembre de 2002, día en el que se incendió el Mercado Hidalgo en Veracruz. Alemán afirmó cuando le preguntaron si acudiría al lugar del siniestro: “Soy gobernador, no bombero”.

Los rumores desatados por la explosión en Pemex –y no siempre registrados por los grandes corporativos de la comunicación– apuntan inicialmente hacia direcciones que se brincan las pautas de la anti-especulación; van desde la hipótesis del atentado terrorista hasta aquella especulación que se mantiene en el límite del retruécano conspirativo del poder político (“seguramente lo hicieron para desaparecer los archivos”; “algo querían esconder y se les paso la mano”); en el mejor de los casos, los rumores manifiestan la falta de credibilidad acumulada ante las reacciones del gobierno a la hora de las catástrofes colectivas. El rumor es el estado anímico paralelo de la sociedad respecto a las ficciones del Estado, es la respuesta a la incertidumbre política, la exigencia indirecta de razones y explicaciones y una manera de vacunarse contra la asfixiante discrecionalidad gubernamental; en lo que respecta a la explosión en Pemex, los rumores iniciales son una forma básica de trascender el silencio anodino del gobierno federal y la inmovilidad mediática que se quiere para los efectos trágicos del hecho. El gobierno federal llega a la conclusión de que fue una “explosión difusa de gas” lo que ocurrió en Pemex. Sin embargo, la fuerza de los rumores permanece ahora como una interrogante sobre la cadena de impunidades institucionales que propició la acumulación y explosión de gas.

Muy a su pesar, también es incontrolable y casi natural la tendencia del gobierno de la restauración a la frivolidad y a la contradicción; Peña Nieto declara tres días de duelo nacional, con la voluntad pero sin la solemnidad autoritaria de los gobiernos priístas del pasado, pero “descuida las formas” e inmediatamente desoye su propio llamado al luto para refugiarse en la Riviera Nayarita y tomar unos días de descanso. La sociedad del Internet obliga a que Peña Nieto reconsidere la pertinencia de su momento de relajación, de alguna manera lo regaña mediante la indignación y condena la acción veraniega, fuera de lugar, del presidente, para finalmente obligarlo a reintegrarse a la escenografía del compromiso inmediato e incondicional con los hechos y las víctimas, al menos en apariencia mediática. “Desafortunadamente, me informan que entre los escombros se ha rescatado un cuerpo más sin vida”, informa Peña Nieto en su cuenta de Twitter para justificar su llegada intempestiva a Pemex, la noche del sábado 2 de febrero, después de los regaños en redes sociales.

Los medios masivos de comunicación, léase la televisión corporativa, no registran con profundidad la versión dramática de las víctimas del estallido en Pemex; la orientación mediática es clara y contundente, como lo es desde la elección presidencial del 2012: la palabra que resuena en la tragedia es la del Estado. Como epílogo de la astucia declarativa del poder político de la restauración, se pueden citar las palabras del líder petrolero y también senador priísta, Carlos Romero Deschamps, que a su manera se hace el sueco y deja que el gran aparato político visible y escenográfico de la restauración hable y cometa las equivocaciones innecesarias en tiempos de la gran murmuración mediática. Romero Deschamps exhorta, simplemente, a no maximizar la tragedia y remata así su arte declarativo sin escenografías: “Es muy lamentable lo que sucedió pero no es la más grande”.

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