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El cuerpo y el poder o qué significa ir desnudo en bicicleta

Por: jorjaladmin
09 de junio del 2012.-

Mario Édgar López Ramírez.- El poder tiene un lugar predilecto para manifestarse: el cuerpo de los dominados. La máxima demostración de dominio del poderoso es cuando sus signos de control son portados, voluntaria o involuntariamente, en el cuerpo del súbdito. Imponerle al cuerpo la lógica de lo que se come, la forma en que se viste, la manera en que se mueve, controlar lo que se escucha o lo que se ve, es señal de éxito de un proyecto de poder. Toda esta economía del dominio corporal está diseñada para demostrar una sola cosa: si el cuerpo porta los signos impuestos por el poder, entonces se ha logrado doblegar el alma. Así, los esclavos negros en los Estados Unidos y los indígenas en América Latina, eran marcados en la piel como señal de sometimiento. No son pocos los pensadores que han hablado de que la elección de formas alternativas para sustentar el cuerpo, es una manifestación de la verdadera libertad del alma. Gandhi, por ejemplo, decía que no se debe comer la comida que propone el imperio, ni vestir su ropa. Los movimientos sociales de los años sesenta y setenta del siglo XX plantearon una movilidad alternativa para el cuerpo: la vida nómada, el viaje desarraigado, el hippie, frente a la propuesta oficial del “buen empleado”, aquel que cumplía con un horario de trabajo, aceptaba obediente todas las rutinas de la vida de oficina, se comportaba eficiente y correctamente, buscando obtener seguridad, para así ganar un sueldo fijo, tener un carro propio y, finalmente, vivir en una casa con jardín.

Este sábado 9 de junio, se realizará la segunda Marcha-rodada ciclista al desnudo 2012 por las calles de la ciudad de Guadalajara. ¿Escándalo? ¿Fiesta? Lo importante del asunto es entender este desnudo como símbolo social, tal como sucedió con los 18 mil cuerpos de mexicanos que en mayo de 2007, en la explanada del Zócalo capitalino, posaron desnudos ante las cámaras del artista Spencer Tunick: “Me sentí libre”, “Fue una experiencia de unión entre todos”, “Lo hice para vencer la vergüenza”, “Era un fiesta”. En cada frase de los participantes en aquella ocasión, se manifestaba lo que el cuerpo extraña y reciente debido al embate del actual poder globalizado. Un poder que es un complejo entramado político, empresarial y cultural; que cada mañana manifiesta su presencia en el estrés de la vida cotidiana: esa presión que exige tener empleo, tener belleza, tener dinero, tener salud, tener juventud; pero que, a través del despojo de unos pocos sobre los muchos, desmonta todas las posibilidades y lanza ejércitos de desempleados, enfermos y viejos. El estrés por obtener todo aquello que el propio sistema niega. El estrés es el dominio del imperio global sobre el cuerpo individual: antónimo de la relajación, la espaciosidad, la alegría y la libertad y sinónimo de la restricción muscular, la apretura, la estrechez y la tacañería, como dice Bernard Auriol. Por eso el desnudo promovido por el artista Spencer Tunick logró rebasar toda consideración moralista –ni los sectores más conservadores del país lo condenaron–, porque se extendió a la necesidad urgente, de libertad para el cuerpo, que padecemos todos.
Ya lo decía Michel Foucault, el arte del dominio del cuerpo es que el dominado acepte dócil e incluso pida voluntariamente la disciplina del poder; este es un descubrimiento del mundo moderno en el que se han fundamentado todas sus instituciones educativas (escuelas y universidades), higiénicas (hospitales) y correctivas (cárceles); las cuales, a pesar de los cambios hacia la sociedad globalizada, continúan manteniendo el discurso de la necesidad de orden social que se traduce en un cuerpo al que se le educa, se le manipula, se le da forma, se le enseña lo correcto, se le automatiza para que responda como se requiere: “El control disciplinario no consiste simplemente en enseñar o en imponer una serie de gestos definidos; impone la mejor relación de un gesto y la actitud global del cuerpo, que es su condición de eficacia y rapidez”. Para los que detentan el poder, decía Foucault, “un buen empleo del cuerpo” significa “un buen empleo del tiempo”, sobre todo en lo que se refiere al tiempo del que es el empleado, el asalariado, el educado, el disciplinado, el dominado: “Nada en el cuerpo debe permanecer ocioso o inútil: todo debe ser llamado a formar el soporte del acto requerido… el cuerpo humano entra en un mecanismo de poder que lo explora, lo desarticula y lo recompone”. Una anatomía política, que es igualmente una mecánica del poder, nace cada vez que una institución religiosa, una empresa o un gobierno disciplina el cuerpo y con ello doblega el alma.
Con la globalización el dominio sobre el cuerpo toma formas de vestidos nuevos que convierten al cuerpo en un objeto. Un nuevo grupo de objetos sofisticados se posesionan del cuerpo en una aparente promesa de nueva libertad, pero que, sin embargo, no es más que la extensión del viejo dominio de los poderosos sobre la vida y sobre el tiempo: se nos promete que, en el futuro, nuestro cuerpo se sentirá libre si nos dedicamos sosegadamente a acumular los objetos móviles adecuados: teléfonos y computadoras portátiles, reproductores personales de discos; tarjetas y chips de crédito electrónico, instrumentos de autodiagnóstico médico; todos colgados, pegados o instalados en el cuerpo, todos sometiendo al cuerpo a su dependencia, al dominio de las empresas que los producen, tal como lo señala Jacques Attali: “El deseo de conocerse, la angustia ante la enfermedad, la habituación ante las pantallas, la creciente desconfianza hacia los terapeutas, la fe en la inhabilidad de los objetos nómadas abrirá a estos enormes mercados”. Todos estos objetos de autocomunicación, de autovigilancia, de autoayuda intentarán satisfacer la pasión narcisista del hombre por su cuerpo en nombre de la libertad, pero son estos mismos objetos los que perturbarán –los que ya perturban– los ritmos de la vida y las relaciones con el saber, con la familia, con la nación y, sobre todo, consigo mismo. El hombre se sentirá libre, cubierto su cuerpo por estos objetos “y sin embargo, todavía sediento: de saber, de seguridad, de fraternidad”.
Pero no todos podrán obtener estos objetos de supuesta liberación, aunque a todos se nos está enseñando a desearlos, a conformarnos a la imagen corpórea que nos propone el poder. ¿Cuál es ya el resultado?: la carrera desmedida por tener estos objetos que implican estatus, independencia y gloria económica del cuerpo, incluso arrebatándoselos a otros cuerpos o soñando que se poseen fácilmente, a través del peor de los sueños, el sueño de la droga, que es la manera en que los cuerpos empobrecidos, desempleados, afeados y marginados, se olvidan de sí mismos para evitar la vergüenza de no ser aquello que el poder les indica que sean. Por eso el desnudo masivo convocado por Spencer Tunick, que fue capaz de arrancarle a alguien la frase “Me sentí libre”, “Fue una experiencia de unión entre todos”, “Lo hice para vencer la vergüenza”, “Era un fiesta”, fue valioso, porque nos recuerda que la libertad, la verdadera, está en realidad tan cerca como quitarse la ropa y pasear en bicicleta un sábado por la mañana.

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