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La exclusión social en Zapopan

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Eduardo González.-

Vivir en el margen, a la orilla, al costado, en los linderos, en el borde, en la diferencia, en la desigualdad, en la inequidad; lejos de los recursos y cerca de las ausencias y las urgencias; experimentar en el andar la exclusión y la violencia social como formas cotidianas de subsistencia, viene a delinear las duras experiencias de vida de los indígenas, los migrantes, las mujeres y la población LGBT (Lésbico, Gay, Bisexual y Transgénero) en Zapopan. El riesgo que corren los miembros de esta población no sólo se ocasiona por cuestiones económicas y de acceso diferenciado a las oportunidades para asirse a una vida mejor, sino por la existencia de bajos niveles de tolerancia y respeto a la diversidad, porque como sociedad no hemos sido capaces de reconocernos en la diferencia, en la otredad. No sólo es un asunto de ausencia de recursos sean del tipo que sean, la centralidad se circunscribe a poseer la certeza en la existencia de un esquema que eventualmente les permita contar con recursos.
La exclusión social no es un fenómeno que aparezca por definición. La exclusión tiene un origen a partir de las diferentes líneas trazadas a través de los estratos sociales. Así, la exclusión no es algo dado; no tiene un desarrollo históricamente lineal inexorable, por el contrario, al identificar las causas primigenias de la exclusión en los procesos diferenciados de apropiación y negación de los bienes que genera una sociedad dada, podemos identificar el origen de las prácticas de exclusión y de la construcción de los discursos de justificación. La exclusión es un fenómeno de relación en el cual intervienen los que detentan el poder y afecta a los que no lo tienen. La dinámica se complejiza al observar las asimetrías de poder presentes al interior de los grupos de excluidos. La mayoría de los sectores segregados se encuentran aislados de las redes que proveen acceso a donde se determina el acceso al poder y a los recursos, potenciando con ello la vulnerabilidad y la pobreza.
La discriminación es multifacética, ampliamente limitante para coartar el desarrollo del otro, para excluirlo y de esa manera negar sus derechos por ser distintos. La discriminación no es otra cosa que el producto histórico y social generado en el seno de una colectividad capaz de ejercer el poder de forma parcelaria en beneficio de un reducido grupo de individuos. La discriminación es una distinción ocasionada por prejuicios, por la insistencia de “lo igual, de lo homogéneo, de lo que no llame la atención, de lo que sea como todos nosotros”; y no nos percatamos que este sistema de “pensamiento” lo único que genera es la segregación y el resentimiento social.
El rechazo deja en evidencia la desfavorable “incorporación social” de amplios sectores como ciudadanos de “segunda clase” pertenecientes a un Estado que no logra (¿o no quiere?) hacer lo necesario para garantizar el ejercicio pleno de sus derechos. Lejos de ello, los “excluidos” construyen sus propios “patrones de integración” para superar la violencia ejercida sobre ellos. Uno de las estrategias fundamentales que utilizan es la “invisibilidad social”, esto es, la “autonegación” como estrategia de supervivencia. “Mejor nos escondemos porque cuando nos miran sólo es para chingarnos”, comentan unos migrantes hondureños al pie de la vías del ferrocarril que cruzan la zona metropolitana de Guadalajara (ZMG). Así lo verbalizan también varios “prostitutos” que trabajan por las noches en los alrededores del centro comercial Plaza del Sol: “la policía sólo se acerca para extorsionarnos, si no cooperamos nos levantan y perdemos el día, y aquí si no trabajas no comes”. Ni qué decir de los “paperos”, “nosotros nada más vemos a los inspectores y corremos, lo mejor es que no te vean”.
Los grupos más desfavorecidos, en términos de empleo, ingresos y niveles educativos se concentraron en zonas marginadas como Balcones de la Primavera, San Juan Ocotán, Miramar, las Mesas, Santa Ana Tepetitlán, áreas que presentan mayores desventajas de infraestructura urbana y menores oportunidades laborales a nivel local; además esas zonas son las que han experimentado el mayor crecimiento poblacional en las últimas décadas. Es decir, la concentración socioespacial de la pobreza persiste, se focaliza, crece y se hace más densa.
Zapopan se nos presenta como un universo de abrumadores claroscuros. Una ciudad donde la “exclusividad” de los espacios “públicos” nos muestra las relaciones productivas, el intercambio, las estructuras de poder, la cultura y las relaciones sociales que conforman las prácticas cotidianas que empujan hacia la homogeneidad de los habitantes, pero también al aislamiento “por seguridad” del resto de la comunidad, como una práctica de la elite que se empeña en la “distinción”. Este contexto urbano muestra profundas desigualdades sociales en medio de una urbanidad fragmentada por el desempleo, la inseguridad, la pobreza, las presiones de vivienda, el restringido acceso al crédito, los servicios sociales, a la justicia, a la educación; pero también por el aislamiento, la segregación territorial, las carencias y mala calidad de las viviendas y los servicios públicos de los barrios de las clases desposeídas.
La magnitud del problema erosiona la cohesión social y promueve la violencia. Esta realidad nos está llevando a criminalizar la pobreza, no decimos que un desposeído sea un criminal en potencia, pero en la medida que sus circunstancias no mejoren no debemos llamarnos a sorpresa si miembros de los sectores poco favorecidos se enrolan en el crimen organizado.En la medida que el gobierno municipal y la sociedad en su conjunto logremos crear espacios que ayuden a fortalecer los niveles de tolerancia y aceptación a la diferencia caminaremos en la dirección correcta para construir una sociedad incluyente y democrática. Pero además se impone que las autoridades de los tres niveles de gobierno destinen mayores recursos económicos a través de la puesta en marcha de políticas públicas adecuadas que ayuden a disminuir las carencias que se posan sobre la espalda de miles de ciudadanos. Si somos capaces de construir una cultura de la igualdad podremos evitar que se desborde el evidente hartazgo ciudadano ante la cerrazón del accionar gubernamental, el desgajamiento del tejido social, y la supresión del futuro ante la escasa certidumbre de lo que vendrá.
En ese sentido, el gobierno municipal de Zapopan no debe de equivocarse: las políticas para terminar con la violencia no deben cruzar inevitablemente por el aumento de los cuerpos policiacos, por el contrario tienen que enfocarse en combatir las causas que generan la discriminación y la marginalidad en amplios sectores de la población. Así las cosas, los factores precursores de la violencia subyacen en la debilidad de programas sociales, así como en los reducidos recursos económicos destinados a solucionar el problema desde la raíz. Los paliativos envueltos en “programas sociales” que terminan por ser solamente “programas de gobierno” dispuestos a contentillo según sea el gusto de los gobernantes en turno, no solucionan la problemática de violencia y discriminación vivida en el municipio. El reclamo por el reconocimiento de los derechos de los “otros” se escucha cada vez más fuerte, es un grito que nos lleva a cuestionarnos: ¿qué nivel de exclusión y pobreza soporta una democracia? Peligrosamente, no uno muy alto.

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González Velázquez

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